Presentación

El otro lado de la luna

EL ÚNICO INDIO BUENO ES EL INDIO MUERTO, decían en Arizona en tiempos de la gran guerra apache. Hoy, esa premisa fundamental para que existiera dicha guerra, ha sido superada por la racionalidad. Sin embargo, los errores que dejó esa larga confrontación en la historiografía, aún perduran. La historia de los apaches ha sido escrita por sus enemigos y, como tal, representa la historia de los vencedores, la historia contada por quienes buscaban exterminarlos por todos los medios. Falta aún conocer la otra versión, la de los vencidos. La historia adolece de su testimonio.
      Hubo, inobjetablemente, excesos por ambos bandos, era una guerra bien aderezada con todos los ingredientes de odio. Era un conflicto real, donde se confrontaban dos pasiones: la de la conquista y la pasión por no morir. Hubo muchas bajas de ambos lados. Masacres y venganzas. Entonces, como si fueran animales, primero, los españoles ofrecieron recompensas por las orejas de cada apache, hombre, mujer o niño; después por sus cabelleras. Luego vendrían los mexicanos a aplicar esta misma humanitaria política indigenista y después, los estadounidenses, muy sutiles, los mataban con bolas de azúcar morena, mezclada con estricnina, tirándolas donde las pudieran encontrar los apaches. No obstante, los mexicanos superaban éste método, para obtener sus valiosas cabelleras, usaban emborracharlos mientras atacaban a sus familias o los invitaban a negociar la paz para sorprenderlos, o les encerraban en un cuarto para arrojarles bombas de chile. Se entenderá con esto que a los apaches nunca se les reconoció ningún raciocinio y, tal vez por eso, hasta ahora su versión ha sido ignorada. Como si fuera el lado oscuro de la luna.
      Gracias a la publicación de las investigaciones de Víctor Orozco, Luis Urías, Dan L. Thrapp, Angie Debo, Eve Ball, Gordon C. Baldwin y otros, se ha abierto una puerta para conocer a la historia y a la cultura apaches, para ver el otro lado de la luna. Gracias a esas investigaciones ahora se sabe mucho más de ellos, de sus costumbres, de su filosofía, de su cosmogonía, de sus eventos históricos y entonces se sabe que fueron, y son, seres humanos, y se ha empezado a reconstruir su historia como tales, como seres humanos, y entonces… la antigua versión ha empezado a desmoronarse, a caer por su propio peso. Muchas contradicciones y mentiras han aflorado en esta vieja versión que sirvió para justificar el exterminio y que floreció, simplemente, porque no tenía contraparte.
      El presente trabajo y los subsecuentes, que publicará La gota en sus próximos números, tiene como objetivo recuperar la memoria indígena y resarcir la deuda histórica con el pueblo apache, rescatando sus testimonios. Su legado histórico. No se trata de confrontar a la versión antigua, ni tampoco se trata de buscar culpables, ni nada. No podemos culpar a nadie hoy, de lo que nuestros ancestros hicieron o dejaron de hacer ayer. Sólo se trata de rescatar esos testimonios y, que cada quien juzgue, que vengan los historiadores.
      Se trata de presentar en esta revista una serie de relatos apaches tomados de libros que algunos sobrevivientes apaches se animaron a escribir como James Kaywaykla quien participó en la masacre de Tres Castillos y hace una clara descripción de ésta, sin duda, el más polémico de los eventos históricos de la guerra apache; o como Daklugie, hijo de Ju, quien da a conocer detalles de la vida de su padre y una versión sumamente nueva de la muerte de éste legendario jefe indígena chihuahuense, e incluso da cuenta de una reunión entre Ju y el Presidente Porfirio Díaz; o como Jason Betzinez que describe con lujo de detalles las últimas batallas de Gerónimo y Ju, la muerte de Mata Ortiz y otras interesantes cosas hoy desconocidas.
      No se puede asegurar objetividad en la historia apache si sólo conocemos una versión de los hechos, la que aseguraba que la masacre de Tres Castillos fue una heroica batalla, que Mauricio Corredor se enfrentó a duelo con el gran jefe Vitorio, que Ju murió por borracho y que Gerónimo también.
      Nos han robado nuestro pasado indígena y con ello nos ocultan nuestra identidad. En los siguientes números de La gota presentaremos aunque sea unos trozos de la versión apache de una guerra que duró casi 300 años, contra el invasor de estas tierras, con la finalidad de contribuir al rescate de nuestra identidad indígena S


La venganza de Cuello Largo


En la tradición oral chihuahuense se cuenta la historia de cuando Juan Mata Ortiz, presentándose como un hermano, invitó a Ju a una reunión para negociar la paz. Al acudir al lugar de la cita y al darse cuenta Gerónimo y Ju, de que eran víctimas de una emboscada para asesinarlos, Ju, cuyo nombre en apache significa Cuello Largo, en medio de las balas, devolvió su caballo y le gritó: “Para ti gordo, no bala, no flecha… ¡para ti lumbre!
      Y supuestamente, después Ju capturó a Mata Ortiz y lo quemó. La historia de los apaches en voz de Jason Betzinez, un testigo presencial, que estuvo ahí en el mismísimo lugar de los hechos cuidando de los caballos de los guerreros, ofrece una versión mas detallada de este hecho.
      “Nuestros jefes sostuvieron un concilio y decidieron ir hacia Galeana.
      “A unas 30 millas al suroeste del pueblo, nos detuvimos cuatro días para realizar la danza del fuego. Después nos acercamos más a Galeana, en un valle a unas 25 millas del pueblo, los tambores empezaron a sonar otra vez para la danza de la guerra. Los jóvenes que querían ser guerreros tenían que practicar esta danza como si estuvieran en una batalla real. La danza de la guerra era considerada una excelente preparación. Al final se realizó otro concilio para los planes del próximo día.
      “Los líderes —Gerónimo y Ju— decidieron enviar unos pocos hombres a Galeana como señuelo. Irían bien armados y en los caballos más rápidos. El objetivo era robar caballos mexicanos y sacar a los soldados del pueblo, mientras el grupo principal esperaría en una posición que les permitiera atacar al enemigo.
      “Al otro día, de acuerdo al plan, los guerreros fueron asignados a grupos para tomar posición en intervalos a todo lo largo de una pequeña depresión paralela al camino. El grupo principal se escondió más adelante, en un pequeño barranco del terreno, mientras el grupo de mujeres y niños miraban desde una sierra cercana. Los voluntarios que actuaban como señuelo fueron a Galeana y robaron varios caballos, llevándolos por el camino noroeste a Casas Grandes.
      “En unos cuantos minutos un pequeño grupo de soldados salió en su persecución. Los señuelos se mantuvieron lejos del alcance de las balas. Cuando los soldados mexicanos pasaron por el barranco donde se escondían nuestros hombres, éstos dispararon con tanto estrépito que los soldados giraron a su derecha y salieron del camino para protegerse en un pequeño cerro rocoso al norte del camino, tal vez a unas 8 millas de Galeana. El comandante tarde comprendió que habían sido engañados, cuando estaban casi rodeados.
      “Desmontaron en un cerro y empezaron a apilar rocas para protegerse. Otro grupo de indios, a 400 yardas al noroeste de los mexicanos desmontaron y entregaron sus caballos a un grupo de aprendices, donde estaba yo. El grupo de atacantes empezó a arrastrarse sobre el suelo para subir el cerro y, para protección, rodaban una piedra redonda del tamaño de sus cabezas, delante de ellos. Otro grupo de ocho apaches atacaron por el norte.
      “Gerónimo y Ju, escondidos en un táscate disparaban para que los mexicanos no notaran a sus compañeros. Los dos grupos siguieron subiendo protegiéndose con piedras hasta estar a unos pies de los soldados y, a un grito, saltaron y atacaron a los mexicanos en una lucha mano a mano. Todos los mexicanos fueron muertos, excepto uno el cual huyó a Galeana. Gerónimo gritó: ¡Déjenlo ir para que diga lo que sucedió y para que vengan más!
      “Fue una gran victoria, pero no hubo danza del triunfo porque dos de nuestros hombres habían muerto, Shesauson y Sheneah. Los indios frecuentemente omiten la celebración de la victoria si han sufrido alguna pérdida.
      “Los mexicanos murieron, incluido su comandante, un mayor, y 21 hombres. Nos dio un gusto enorme después, cuando oímos un reporte de que aquel oficial había comandado a los enemigos que habían matado a Victorio en 1880” S
      *Relato de Daklugie, hijo de Ju, tomado del libro Indeh, an apache odissey, de Eve Ball, págs. 181 y 182.
      Vinicio Chaparro prepara un libro que llevará por título El otro lado de la luna. Éste, otros relatos recopilados por él y textos de su autoría aparecerán en el volumen.


Todavía hay hombres con winchesters*


La muerte no era nueva para mí. Había visto cientos de gentes morir. Pero la muerte de Gerónimo me dolió tanto como la de mi madre, la de mi padre y las de mis hermanos. Cuando me senté junto a mi tío pensé que no me volvería a hablar otra vez y que los apaches estaban perdiendo lo mejor que habían tenido. Incluso cuando era viejo, él tenía mas influencia que cualquier otro jefe desde Cochise. Ahora que lo necesitamos más, él nos dejaba. Pronto estaría cabalgando en el espíritu de su caballo al Lugar Feliz. Yo me encargaría que se fuera como un jefe. Nunca lo había sido, pero había tenido más autoridad que cualquier otro. Había sobrevivido a la guerra sabiendo bien la inutilidad —futility— de la misma. Había dado una buena batalla y había perdido.
      Repetidamente durante mi vigilia, él me había expresado su arrepentimiento por haberse rendido. Deseaba, como Victorio, haber muerto peleando contra sus enemigos. De vez en cuando hablaba de los guerreros que habían sido muy leales a él. Estaba viejo y acabado, muriendo, ya no tenía su espíritu de lucha.
      Se movió. Me incliné hacia él y tomé su mano. Sus dedos se cerraron en los míos y abrió sus ojos.
      —Mi sobrino —dijo—, prométeme que tú y Ramona llevarán a mi hija Eva a su casa y la cuidarán como si fuera uno de sus hijos. Prométeme que no la dejarás que se case. Si lo hace, morirá. Las mujeres de mi familia han tenido grandes dificultades, como Ishton (la madre de Daklugie) las tuvo. ¡No permitas que esto le pase a Eva!
      Cerró sus ojos y se durmió de nuevo, pero agitadamente. Cuando habló otra vez, dijo:
      —Quiero tu promesa.
      —Ramona y yo nos llevaremos a Eva y la amaremos como nuestra. Pero ¿cómo puedo prevenir que se case?
      —Te obedecerá. Ha sido enseñada para obedecer. Asegúrate que lo haga.
      Y murió, con sus dedos apretando mi mano.
      No pudimos quemar su casa; y, aunque no hubiera muerto en ella, debimos haber hecho algo al respecto. No pudimos enterrar su mejor caballo de guerra con él, pero me encargué de que lo tuviera para su viaje. Colocamos sus tesoros mas preciados en su tumba —y tenía algunas muy valiosas, joyería y cobijas—. Él camina rumbo a la eternidad como un jefe, con sus ropas ceremoniales y su sombrero de sacerdote (medicine hat). Cabalga un buen caballo. Lleva sus mejores armas.
      Hicimos guardia sobre su tumba todas las noches, por meses. Ninguno de sus guerreros, incluyendo Eyelash, faltaron como voluntarios para tomar su turno en la guardia de aquella tumba. Varios que no estuvieron con él en el sendero de la guerra se unían a la solitaria vigilia. Eran tantos que usualmente había al menos dos cada noche. ¿Por qué? Nuestras más valiosas pertenencias eran enterradas con nosotros. Las que no podían ser puestas en la tumba eran quemadas. Muchas tumbas habían sido robadas por ambiciosos colonos y blancos que no tenían respeto ni por Ussen ni por la muerte. Y había otra y más importante razón; no habíamos olvidado lo que le sucedió a Mangas Coloradas. Los soldados que lo mataron traidoramente, enterraron su cuerpo. Al próximo día lo sacaron, cortaron su cabeza y la hirvieron para quitarle la carne. Entonces enviaron el cráneo al Museo Smithsonian.
      El tiempo pasó y no hubo intentos por perturbar la tumba de Gerónimo. Nosotros gradualmente limitamos el trabajo de guardia a dos noches por semana. Entonces nos llegó un reporte de que el cuerpo había sido sacado y decapitado —y por apaches—. La sospecha recaía en dos hombres. Eran buenos hombres, pero la ambición es una cosa muy poderosa, incluso entre apaches. Aquellos hombres fueron vigilados por años. Si hubieran sido culpables habrían sido castigados. Y, hasta donde yo supe, no lo fueron. Lo que nosotros anticipábamos era que el cráneo de Gerónimo sería llevado por todo el país y exhibido para ganar dinero para los que lo robaron. Eso, no había sucedido. Pero si alguien lo intentara en esta parte del mundo, todavía hay hombres con Wínchesters. Y serán usados S
      *Relato de Daklugie, hijo de Ju, tomado del libro Indeh, an apache odissey, de Eve Ball, págs. 181 y 182.
      Vinicio Chaparro prepara un libro que llevará por título El otro lado de la luna. Éste, otros relatos recopilados por él y textos de su autoría aparecerán en el volumen.


Tiempo de partir*


ME SIENTO RESPONSABLE por la muerte de Gerónimo. No fue intencional, y si me hubiera negado a su petición, alguien más podría haber comprado el whiskey que la causó. Pero no me negué.
      Yo estaba en el Séptimo Batallón de Infantería y andaba en uniforme cuando nos encontramos en Lawton. Él me llamaba nieto porque se había casado con la madre de mi madre, Francesca.
      Me dijo —Nieto, necesito algo de whiskey. Toma este dinero y consigue algo para mí—. Era una delito vender whiskey a los indios, pero conocía varios soldados que yo creía que podrían conseguírmelo. ¿Pero como podría llevarlo sin ser sorprendido? Los sacos del ejército ajustaban tanto que el bulto se podría notar. Se lo pedí un amigo blanco y me dijo que me compraría una botella. La cantina estaba en una esquina y tenía una alta barda. Los muchachos me dijeron, “¿Tienes un caballo rápido?” Yo no tenía; el mío era un caballo ordinario. Pero Gerónimo montaba su mejor y más rápido corcel. Así que regresé, cambié caballos con Gerónimo y regresé al pueblo.
      El soldado me dijo que pondría la botella en la barda, Tenía que correr rápido, agarrar la botella y llevarla fuera del pueblo. Hice la huida y nos fuimos a Cache Creek, donde había algo de bosque. Dimos agua a los caballos y los dejamos en buen pasto. Entonces bebimos el whiskey y nos fuimos a dormir sin cubrirnos sin nada más que las cobijas de las monturas.
      En la mañana fui despertado por una fría lluvia. Gerónimo estaba tosiendo. Toqué su cara y estaba caliente. Me dijo que se había sentido enfermo toda la noche. Ensillé los caballos y lo llevé al hospital. Cuando el doctor llegó dijo que Gerónimo tenía neumonía. Le pedí a un hombre que fuera a su casa y le avisara a su esposa. En su camino al hospital ella le avisó a Daklugie. No pasó mucho para que llegaran.
      Me estuve con él ese día y acordamos yo y Daklugie que él lo acompañaría durante la noche. Gerónimo nunca se quedó solo. La gente venía, pero las enfermeras no le permitían a nadie la entrada a su cuarto excepto a su esposa, a Daklugie y a mí. Daklugie y yo nos alternábamos en turnos de 12 horas.
      Gerónimo estaba muy enfermo y yo le pedí a Daklugie que “hiciera medicina” —rezara— para mi tío. Gerónimo tomó la medicina que el doctor le dejó. Nosotros servíamos de intérpretes cuando el doctor venía y nos permitían dormir en el hospital. Yo también hice —medicina—, pero mi medicina no era tan fuerte como la de Daklugie. Pero ni los blancos ni los indios le curaron. Era tiempo de que Gerónimo partiera.
      Cuando Daklugie nació, su madre estuvo enferma por cuatro días. Su esposo, Ju, estaba fuera en un ataque a México y Gerónimo —hizo medicina— para su querida hermana. Creía que ella iba a morir y se fue al monte Bowie a rezar. Ussen le habló y le dijo:
      —Regresa con tu hermana. Ambos, ella y su niño, sobrevivirán. Y tú vivirás hasta ser un aciano y morirás de muerte natural —y eso es lo que le dijo Ussen. Daklugie nació y su madre sobrevivió.
      Gerónimo había sido herido muchas veces, algunas gravemente, pero no había muerto. Ahora, en lugar de dar su vida co mo Victorio, el bravo y viejo guerrero estaba agonizando como una mujer, en un hos pital. Lo supe cuando Daklugie me rebeló al lado de su cama, que Gerónimo probablemente no pasaría toda la noche S
      *Relato de Eugene Chihuahua, hijo del jefe Chihuahua, tomado del libro “Indeh, An Apache Odissey”, de Eve Ball, págs. 179 a 181.
      Vinicio Chaparro prepara un libro que llevará por título El otro lado de la luna. Éste, otros relatos recopilados por él y textos de su autoría aparecerán en el volumen.


Los piñones y las bellotas*


Gerónimo actuaba seguro de sí mismo, alerta, no era inamistoso hacia la gente que se arremolinaba a verlo y todo el tiempo estaba observando, aprendiendo, poniendo atención a cada cosa con su fresca curiosidad y su activa mente. Al mismo tiempo, aprovechaba cada oportunidad que encontraba para pedir por el regreso a su tierra. También, como era Gerónimo, mantenía un ojo abierto en los negocios.
      Su primera mayor experiencia fue en la exposición Internacional TranssMississippi realizada en Omaha de septiembre 9 a octubre 30 de 1898. Un buen número de hombres, mujeres y niños fueron seleccionados de entre los prisioneros de Fort Sill, pero Gerónimo mostró ser la principal atracción. Cuando el tren se detenía en las estaciones del viaje, él arrancaba los botones de su saco y los vendía a 25 centavos a los espectadores y por 25 dólares el vendía hasta su sombrero. Entre las estaciones, diligentemente cocía más botones en su saco y se equipaba con un nuevo sombrero, de una provisión que previsoramente había llevado consigo.
      Durante la feria él hacía un gran negocio vendiendo pinturas de sí mismo. Pero no olvidaba el tema que a lo largo de todo su estatus de prisionero era el mayor propósito de su vida. Regresar a su tierra. La historia fue contada por Jimmie Stevens, entonces joven, quien había sido enviado para acompañar a un grupo de apaches desde la reservación de San Carlos a la exposición. Su relato está influenciado por su odio para el apache que había matado y se había comido su caballo, en un campo borreguero en 1882 (la muerte de mexicanos ese día, no parecía importarle a Jimmie).
      El General Miles había ido a la exposición para agregar su presencia oficial al día del ejército y sus promotores vieron que una reunión con Gerónimo traería buena publicidad. Una multitud se reunió para ver y escuchar. Se le solicitó a Stevens que sirviera como intérprete. Al principio él le pidió a Gerónimo que le pagara 50 dólares por su caballo, pero finalmente decidió que con descreditarlo sería suficiente recompensa. En todos estos años Gerónimo había esperado un encuentro con Miles pero ahora temblaba, el sudor corría por su cara y tartamudeaba hasta no poder hablar. De acuer do a Stevens, Naiche lo palmeó (esto probablemente no sea una verdad) y las palabras empezaron a fluir.
      Primero, acusó a Miles de haber mentido en las condiciones establecidas para la rendición. Miles sonrió ampliamente. Admitió que había mentido, pero que había aprendido a mentir del “gran Nantan” de todos los mentirosos
      —De ti, Gerónimo. Tú les mentiste a los mexicanos, a los americanos y a tus propios apaches por treinta años. Los blancos sólo te mintieron a ti una vez, y yo lo hice —Gerónimo entonces hizo su petición para ser regresado a Arizona:
      —Los piñones y las bellotas, las codornices y los pavos silvestres, los cactus gigantes y los palos verdes, todos ellos me extrañan… y yo los extraño también. Quiero regresar a ellos —cuando esto fue traducido, Miles se burló otra vez:
      —Un muy hermoso pensamiento, Gerónimo. Muy poético. Pero los hombres y mujeres que viven en Arizona no te extrañan… La gente en Arizona duerme durante las noches, no tienen temor de que Gerónimo llegue y las mate —y haciendo mímica del guerrero, repitió la enumeración—: Piñones… paloverdes, ellos tendrán que arreglárselas solos lo mejor que puedan sin ti S
      *Relato de Angie Debo, tomado de su libro Gerónimo, the man, his time, his place, págs. 400 a 406.
      Vinicio Chaparro prepara un libro que llevará por título El otro lado de la luna. Éste, otros relatos recopilados por él y textos de su autoría aparecerán en el volumen.


El suave ruido de los pies*


…GERÓNIMO Y BETZINEZ después contarían la historia desde el lado de los apaches. Betzinez sitúa la fecha en el verano de 1850. En esa ocasión, Gerónimo y sus Bedonkohes adherentes, bajo la jefatura de Mangas Coloradas, hicieron un viaje a Casas Grandes. En el camino pararon en un pueblo conocido como Kaskiyeh. Betzinez identifica el lugar como Ramos, pero como él nació hasta 1860 y escuchó la historia de sus mayores, la designación de Carrasco como Janos podría ser aceptada como correcta. Justo como lo contó Gerónimo.
      Como era una expedición amigable llevaban a sus mujeres y niños con ellos. Pusieron su campamento fuera del pueblo y cada día los hombres iban a intercambiar cosas, dejando a sus familias, caballos, armas y provisiones en el campamento con una pequeña guardia, pero cautelosos, habían tomado la precaución de previamente seleccionar un lugar de reencuentro.
      Una tarde, cuando los hombres regresaban al campamento, encontraron algunas mujeres y niños con la noticia de que “tropas mexicanas de algún otro pueblo” habían matado a los guardias, capturado sus caballos y provisiones y masacrado a mucha de su gente. Con esta noticia ellos rápidamente huyeron, a la manera apache. Entonces en la noche empezaron a reunirse en el lugar señalado.
      Silenciosamente —contaba Gerónimo—, nos fuimos uno a uno: se colocaron centinelas y cuando todos fueron contados, encontré que mi madre, mi joven esposa y mis tres pequeños hijos estaban entre los muertos. No había luces en el campo, así que sin ser notado, silenciosamente di la vuelta y me fui al río. Cuánto tiempo estuve ahí, no lo sé, pero cuando vi a los guerreros preparando un concilio, tomé mi lugar. Esa noche no di mi voto a favor o en contra de ninguna medida, pero se decidió que como sólo éramos ocho guerreros los que quedábamos, sin armas y provisiones y estábamos rodeados por los mexicanos en su propio territorio, no teníamos esperanza de atacar con éxito. Así que nuestro jefe Mangas Coloradas dio la orden de partir en perfecto silencio hacia nuestras casas en Arizona, dejando los muertos sobre el campo.
      Permanecí de pie hasta que todos habían pasado, sin saber qué hacer… no oré, no resolví hacer alguna cosa en particular porque no tenía ningún propósito en sí. Al final, seguí a la tribu silenciosamente, manteniéndome a una distancia donde podía oír el suave ruido de los pies de los derrotados apaches S
      *Relato de Angie Debo, tomado de su libro Gerónimo, the man, his time, his place, págs. 35 y 36.
      Vinicio Chaparro prepara un libro que llevará por título El otro lado de la luna. Éste, otros relatos recopilados por él y textos de su autoría aparecerán en el volumen.


La superación de la técnica de la matanza*


“…En este año —el de 1850— gobierna Trías, que se ha definido como el insustituible. El estado está en la miseria, los indios que han venido a ocupar con sus guerrillas crueles el lugar desocupado por el invasor, las desvanecidas políticas que son el reflejo de la situación del centro, donde Herrera lucha en vano contra la anarquía, han cegado las fuentes de ingreso. Chihuahua está a punto menos que la bancarrota.
      Trías gobierna, pero pronto presentará su renuncia, el héroe de la batalla de Rosales, sí bien ama al poder, no le agrada con limitaciones inspiradas en las bajas pasiones. Los poderes extraordinarios que le concediera el Congreso durante el año terrible le han demostrado las ventajas de la unidad de mando. Pero ahora, el Congreso manda y no le asiste la razón. Le está obligando a violar su ética y su concepto de lo recto. A consecuencia de ello, un espectáculo macabro que se está haciendo común a fuerza de repetirse, se presenta a menudo en las calles de la capital.
      Lo peor es que este espectáculo macabro, que revuelve hasta el asco los escrúpulos humanitarios de Trías, que apiña las multitudes y enerva con pasión morbosa y cruel a las juventudes que asisten al Instituto Científico y Literario parece dedicado a él, único en oponerse a que se realizara. Invariablemente termina en la casa de gobierno. ¡Imposible eludir el desarrollo! Parece que está condenado a verlo, y cada mirada, en cada día que se sucede, le recuerda una derrota propia y una derrota de lo justo.
      Se inicia a orillas del Chuvíscar, en el punto donde la llanura del oeste entra en la ciudad por el camino del río, y culmina debajo de su despacho de gobernador. Los pobladores de los aledaños, siempre oteando el horizonte en prevención de los peligros que vienen por el desierto, son los primeros que ven acercarse a los jinetes envueltos en una nube de polvo. “!Los campañeros! ¡Vuelven los campañeros!” El rumor corre. Entra a la capital pasando por debajo de los arcos del acueducto, se acerca por su costado de la Alameda y llega por fin a la casa de gobierno. Con el rumor, el pueblo sale de las casas y se forma para presenciar el desfile. En la boca de toda la ciudad hay una pregunta cargada de curiosidad: “¿Cuántas serán las cabelleras?”
      Trías tiene que darse por enterado. Desde su balcón, él también ve pasar a los jinetes. Son rancheros: pastores o sembradores convertidos por la propia tierra en centauros. Llegan cubiertos de polvo: grisesblancos en el sombrero de anchas alas, en las cueras de piel suave, las armas sobre las piernas y las teguas blandas. Vienen satisfechos y orgullosos, paseando por la multitud sus miradas duras, endurecidas por el paisaje y por su lucha, y que desde entonces hacen característico el rostro del norteño. En prueba de su orgullo, levantan sobre las cabezas, en la punta de un palo o de una lanza, el racimo macabro. Otros, más discretos, las disimulan sobre la cabeza de la silla, o colgadas de la montura por los costados o a manera de tiento. ¡Cabelleras de indios! Despojos sanguinolentos, asquerosos y semiputrefactos. Atracción del pueblo curioso… y de las moscas.
      En la casa de gobierno, la Tesorería tiene un ventanillo especial para recibir estos trofeos de guerra. Los jinetes dejando los caballos en la calle, se forman frene a ella llevando en la mano los racimos pegajosos. Por cada cuero cabelludo, el empleado que los recibe (conteniendo a duras penas el asco) entrega al portador 200 pesos. Un decreto oficial, (Las Contratas de Sangre) en vigor desde el pasado año del cólera, obliga al gobierno de Chihuahua a pagar ese premio por cada cabellera apache.
      Esto además de otras cosas, es lo que tiene descontento a Trías. Él, como gobernante, es responsable de esta inicua cacería de indios, de este comercio de la guerra bárbara. El decreto de premios ha debido firmarlo, muy a su pesar, obligado por el Congreso. Lo vetó una vez, pero habiéndose presentado nuevamente, no tuvo más remedio que acatar la voluntad mayoritaria. Como justificación ante la historia, agregó al decreto las razones de su oposición. Sentimiento no de debilidad o de enfermiza sensiblería, sino de limpia justicia, de superior entraña civilizadora. La crueldad inhumana de los apaches, no podía ni debía encontrar igual respuesta en la contraofensiva de los blancos; mucho menos una superación en la técnica de la matanza.
      No es debilidad. Trías ha luchado en su juventud contra la Apachería. Como ciudadano y como gobernador ha encabezado numerosas campañas. Su actitud, por tanto, no puede ser confundida; por ella manifiesta sólo el hombre recto. Pero el Congreso no lo ha comprendido. Ha comprendido. Ha considerado bueno cualquier medio para acabar con el enemigo secular, y es por ello que los hombres del desierto y de la llanura cuentan con otra mina que explotar, con un negocio peligroso y audaz en la matanza de indios, sean estos hombres, mujeres o niños.
      Naturalmente la medida no dio los resultados esperados… no podía ser la cacería con premios la que terminara la guerra. Ni los apaches se asustaban de la crueldad de los blancos, ni Chihuahua tenía dinero para sostener una campaña tan onerosa. Urquidi, al suceder a Trías, se convenció inmediatamente de que con cien mil pesos de presupuesto anual para todos los egresos, era imposible atender a los problemas de la guerra y a los problemas de la paz. Volvióse entonces a los tratados con los apaches, tratados siempre parciales, siempre ventajosos para los indios. Aquí y allá, sobre la llanura y el desierto, quedaban además grupos tribales imposibles de convencer, porque el rencor y el odio provocado por los sistemas de los cazadores los habían sublevado definitivamente.”
      *Relato de Fernando Jordán, tomado del libro I, de “Chihuahua, textos de su historia 1824-1921”, del Gobierno del Estado de Chihuahua, págs. 565 a 568. S


La masacre de Santa Rita del Cobre*


“…LAS MINAS DE COBRE DE SANTA RITA estaban localizadas al pie de una enorme y prominente montaña conocida como Ben Moore. Estas grandes minas habían permanecido abandonadas por espacio de 80 años pero eran extraordinariamente ricas y remunerativas. Eran de una compañía minera mexicana que enviaba metal a Chihuahua. Aunque la distancia era de más de 300 millas y cada libra de metal tenía que ser transportada en mulas, todavía constituía un buen negocio. Grandes volúmenes de metal, con pureza de entre 60 y 90 porciento de puro cobre… Pregunté la razón por la que había sido abandonada tan súbitamente y se me relató la siguiente historia:
      “Durante el periodo en que los mexicanos operaban las minas, los apaches actuaban muy amistosamente y visitaban las casas de los mineros sin problema. Pero de vez en cuando, los mexicanos perdían unas cuantas mulas y uno o dos hombres eran asesinados y las sospechas recaían sobre los apaches quienes negaban tener conocimientos de estos hechos y adoptaban un aire de orgullo ofendido.
      “Esta situación se puso cada vez peor hasta que un inglés, llamado Johnson, llegó para ‘arreglar los problemas’ y para ello recibió ‘carte blanche’ de sus patrones mexicanos. Johnson dispuso una fiesta, o festín, la preparó e invitó a todos los apaches a Cooper Mines. La invitación fue alegremente aceptada y entre novecientos y mil apaches asistieron… Se les sentó tan juntos como fue posible, mientras el anfitrión había preparado un cañón de seis libras, cargado con clavos, balas de mosquetes, tornillos y vidrios.
      “El cañón estaba escondido entre una pila de monturas, apuntando al lugar que sería ocupado por los apaches. El tiempo llegó; la fiesta estaba lista; Johnson se paró con un puro encendido para saludar a los invitados y mientras éstos comían como sólo los apaches pueden comer, la terrible tormenta de muerte fue disparada contra ellos asesinando o hiriendo a varios cientos. El espantoso cañonazo fue inmediatamente seguido por una carga de parte de los mexicanos quienes no mostraron piedad hacia los heridos hasta que fueron sacrificadas cuatrocientas víctimas.
      “Los sobrevivientes huyeron y por varios meses los mineros celebraban que se habían deshecho de los odiados apaches. Esta era una errónea esperanza, como se comprobaría después. Las minas de cobre dependían completamente de Chihuahua para ser abastecidas. Tan regular había sido la salida y llegada de las caravanas de carretas con guardias, que traían provisiones y que llevaban el metal, que nadie se había esforzado por tener suficientes provisiones a mano, en caso de que alguna caravana fallara. Nunca se habían sufrido molestias de ningún tipo antes de la llegada de Johnson.
      “A los tres o cuatro días de que no llegara ‘la conducta’, las provisiones escaseaban y ya no había municiones ni para cazar. Y empezó el hambre. Varios días después, en este dilema, algunos mineros subieron al monte Ben Moore pero no vieron signos de conducta alguna. Un día, cada hombre, mujer y niño en las minas de cobre, partieron, pero nunca alcanzaron a llegar a su destino. Los apaches habían provocado esta situación y habían tomado medidas. El grupo de mexicanos se fue, pero sus huesos, con la excepción de cuatro o cinco, quedaron en el largo camino de las minas de cobre de Santa Rita y el pueblo de Chihuahua.”
      *Relato de John C. Cremony, tomado de su libro Life Among Apaches, págs. 30 a 32 S